domingo, 29 de diciembre de 2019

Sobre la educación inclusiva de la música



Cuando pensamos en la formación artística, ¿Cuáles son las primeras cosas que se nos viene a la mente? En lo personal, yo pienso en cuando estaba sentado al frente de un profesor con mi metalófono tocando melodías simples, aprendiendo lo que era la secuencia, las notas musicales, repetición de patrones, asociar sonidos con colores. ¿Suena familiar? Uno podría pensar que no es nada terrible. Cuando uno está cursando los primeros años de primaria sólo se puede esperar que te enseñen lo básico, pues tiene que haber un punto de partida. Pero pensándolo bien, ¿es ese necesariamente el punto de partida?

Recuerdo que llevar mi metalófono al colegio en primero hasta tercero e incluso sexto básico, era estimulante, pues me gustaba mucho la música. Me otorgaba una gratitud casi indescriptible. Sentía que el tiempo en esas clases, que eran dos horas pedagógicas a la semana nada más, volaba, y quería más. Pero en esta imagen que describo hay algo más. No sólo era yo con mi metalófono, era además todo el resto de mis compañeros y compañeras haciendo exactamente lo mismo. Algunos y algunas con más dificultades que otros y que otras, en un esmero por mantenerlos en el unísono. A partir de esto me surge una gran inquietud: ¿Por qué estamos todos haciendo lo mismo? ¿Por qué estamos tocando el mismo instrumento habiendo tanta variedad de instrumentos con timbre absolutamente distintos y funciones distintas? Puede que el fundamento sea que, para aprender, tiene que utilizarse un instrumento visualmente sencillo, el cual fuera fácil tocar, que no requiera mucha técnica para sacarle sonido. Sin embargo, esto destapa otros cuestionamientos, sobre todo cuando reviso el pasar de los años y pienso en las dinámicas que en clases de música se generaban. ¿Acaso no todos los instrumentos requieren desarrollar destreza y práctica para que la ejecución sea prolija? ¿Hay instrumentos más fáciles que otros? ¿Qué pasa con los o las estudiantes que no se sienten cómodos/as o incentivados/as a tocar con el ahínco que se espera?

Con esto quiero abrir un tema importante que atraviesa, finalmente, todo ámbito de la enseñanza, el cual es el tema de la estandarización en la enseñanza. No cabe duda de que para cerciorarse de que alguien está aprendiendo lo que se imparte en un curso, se recurra a la evaluación de sus conocimientos. Sin embargo, en el régimen de la racionalidad que opera en nuestra pedagogía, nos cegamos ante la posibilidad que la forma de evaluar no hablara solamente de las capacidades de un estudiante, sino del cómo la evaluación y su resultado (que después discutiremos de su forma de “medición”) pudiera estar reflejando falencias o carencias por parte de los mismos métodos de enseñanza.

El problema de la estandarización reside justamente en generar un promedio. Una figura ficticia que se pone como referencia orientadora a la cual los y las estudiantes, así como el pedagogo, deben apuntar. En cualquier ámbito del conocimiento, esto puede fácilmente producir un imaginario que no se ajusta a las realidades particulares de cada estudiante, poniendo en conflicto la posibilidad de identificación o el cómo se relaciona el o la estudiante con aquella expectativa artificial que se le impone.

El ámbito artístico -y particularmente el caso de la música-, no es una excepción. Es más, podría decirse que esta figura estandarizada puede resultar poco menos que nociva desde el momento en que se empieza a inculcar irreflexivamente por parte de una institución.

Cuando crecemos, algunos tenemos la fortuna de darnos cuenta de que el arte forma parte de una cultura y, como tal, responde a condiciones históricas particulares de surgimiento. Estamos hablando de corrientes, de géneros, de estilos diversos. Asimismo, en la música en particular como ya mencionaba antes, hay diversidad de instrumentos para tocar y aprender el mundo que implica cada uno de estos. Pero henos aquí tocando todos/as lo mismo. Así después con la flauta dulce que ya se ha convertido en el símbolo de las clases de música, e incluso la venden en supermercados como útil escolar.

No se puede decir que la enseñanza musical en la educación formal chilena es paupérrima, pero sí está lejos de ser buena y de calidad, y menos inclusiva. Y esto nos lleva a preguntarnos ¿De qué formas se excluye en la educación artística actualmente?

Como punto de partida tomo la formación de este estándar en la música, respecto a lo que se considera “tocar bien”, o respecto a los instrumentos apropiados de tocar a cierta edad. Respecto a esta práctica pedagógica, se debiese incorporar una manera de flexibilizar esta expectativa conforme a las distintas condiciones de cada estudiante, siendo posible adaptar la enseñanza hacia horizontes completamente diversos, que no conlleven un disciplinamiento y posterior alienación, sino una formación que promueva el reconocimiento de las capacidades de cada uno/a. En la música afortunadamente hay tantos timbres y tantas formas de orquestar distintos sonidos, y tantas formas de impartir conocimientos tanto de la teoría como la práctica. Es más, en la música y artes es imposible separar teoría de la práctica, otro error que se comete usualmente desde la enseñanza.

La música tiene un gran potencial, que está casi en nuestras narices, respecto a cómo poner en práctica una educación más inclusiva. A la hora, como bien diría Slee (2012), de reconocer la mecánica de la exclusión en la música, debemos prestar especial atención a las formas en que la enseñanza del arte también implica un sesgo. Hay que darse cuenta de las pequeñas exclusiones, por ejemplo, en la generización de la música, la cual divide y encasilla estilos musicales por los elementos en común que puedan tener, dificultando al alumnado (o al “espectador” en general) su capacidad creativa. Hay que darse cuenta de las lógicas de dominación que operan también en las artes y en la música, aprendiendo a reconocer la cantidad de expresiones de todo tipo, alternativas a la hegemonía. En la música, por ejemplo, no sólo enseñar a los y las estudiantes a reproducir/escuchar/analizar música europea o norteamericana, sino incentivar también la exploración de otras expresiones culturales de diversas procedencias. Con mayor razón si se trata de música autóctona o expresiones locales que pudieran involucrar una mayor identificación para un estudiantado contingente, pues citando al mismo Slee (2012) “la diferencia no solo se considera natural, sino que se promueve como valor educativo y social.” (p. 163)

Hay tantas cosas que se podrían seguir mencionando. Resulta no menor pensar, por ejemplo y respecto a la posibilidad de generar arte contingente, el caso de “Un violador en tu camino” del colectivo Lastesis. Una canción, una creación artística que se fundamenta en consignas de la(s) protesta(s) feminista(s), en un contexto de álgido revuelo social. Es esta la prueba máxima del poder que tiene la creación artística contingente, con un contenido fuerte e identificador, que es capaz de expresar un sentimiento común entre la enorme mayoría de mujeres, y expandirse alrededor del mundo, con el objetivo de denunciar las violencias y consecuentes rabias que injustamente viven.

Quiero terminar en esta nota. Es menester seguir explorando el potencial del arte y su educación, y sobre los cambios que es posible realizar en miras de una educación inclusiva de las artes, pues yo creo que hay una deuda cultural para con todo el estudiantado, respecto a una educación artística de la cual se les está privando.






Referencia
Slee, R. (2012). La escuela extraordinaria. Madrid: Ediciones Morata.